Sueño

Los problemas de sueño en los niños son motivo de consulta al pediatra cada vez
más frecuente. El sueño tiene un papel fundamental en el desarrollo y bienestar
infantil, favorece los procesos de atención y memoria y ayuda a consolidar lo que
se ha aprendido a lo largo del día.

Por lo tanto, los trastornos del sueño pueden tener implicaciones negativas en la
conducta, rendimiento escolar y crecimiento del niño.

¿Cuántas horas debe dormir un niño?

Las necesidades de sueño varían en función de la edad y van disminuyendo a
medida que crece el niño.

Durante el primer año de vida acontecen los cambios más importantes en el
sueño. De esta forma, los recién nacidos pueden dormir entre 16 y 18 horas al día.
Entre los 3 y 6 meses tienen una mayor capacidad para mantener periodos de
vigilia más prolongados durante el día, y una mayor consolidación del sueño
nocturno; a los 2 años el promedio de sueño es de 13 horas al día; desde los 3 a
los 5 años es de 10-12 horas, y entre los 6 y los 10 años de vida los niños
duermen alrededor de 10 horas al día. Ya en la adolescencia, necesitan dormir
alrededor de 8-10 horas diarias y suelen acostarse y levantarse más tarde que el
resto de la familia.

Hay que destacar que estas cifras son orientativas, porque cada niño es diferente
y tiene sus propias necesidades de sueño, así que, se considera que el tiempo ideal
de sueño para cada niño es aquel que le permite realizar sus actividades diarias
con normalidad.

¿Es normal que el niño se despierte por la noche?

Sí. Los despertares nocturnos son normales en los niños. Los lactantes suelen
despertarse varias veces por la noche. Poco a poco estos despertares irán
disminuyendo. A partir de los 6 meses, muchos niños pueden dormir durante toda
la noche, interrumpido por algunos despertares que coinciden con el final de los
ciclos de sueño. Hay niños que se regulan rápidamente a este patrón de sueño
durante el primer año de vida, mientras que otros lo hacen de forma errática, con
frecuentes despertares, considerándose un fenómeno normal del desarrollo. Se
estima que un 20-40% de los niños menores de 3 años se despiertan por la noche,
alrededor del 15% a los 3 años de edad y un 2% a los 5 años.

La capacidad del niño para volver a dormirse de forma autónoma y sin la
intervención de los padres, hace que estos despertares puedan influir en mayor o
menor medida en la calidad del sueño del niño y del resto de los miembros de la
familia.

Sueño y lactancia materna

Hay que tener en cuenta que el patrón de sueño en el recién nacido y durante los
primeros meses de vida es diferente. Los recién nacidos necesitan alimentarse con
frecuencia y realizan pequeñas siestas a lo largo de las 24 horas del día,
despertándose a menudo para poder comer.

Este ritmo de alimentación se adapta perfectamente a la fisiología de la lactancia
materna. Las tomas frecuentes aseguran una buena producción de leche. Además,
la leche materna cuenta entre sus componentes con un aminoácido (triptófano)
que favorece el sueño. La succión del pecho es relajante y ayuda a dormir. Sueño
y lactancia materna se complementan entre sí para el desarrollo óptimo del bebé.

En este periodo, pautar horarios fijos para las ingestas, para alterar el patrón
normal del sueño a esta edad y adaptarlo al sueño adulto, puede ser
contraproducente. Por lo tanto, la lactancia materna, aparte de otros tantos
beneficios para la madre y el bebé, favorece el desarrollo natural del sueño.

¿Es frecuente el insomnio en los niños?

Es una de las consultas más frecuentes en referencia al sueño, sobre todo el
insomnio por higiene del sueño inadecuada y el insomnio conductual.

Insomnio por higiene del sueño inadecuada:

Está asociado a actividades durante el día que impiden una adecuada calidad del
sueño, como el consumo rutinario y antes de acostarse de chocolate, alcohol o
cafeína; realizar, también antes de acostarse, intensas actividades mentales,
físicas o emocionales; el uso de tecnologías como el ordenador, video-juegos o
teléfonos móviles (por estar expuestos a una intensa fuente de luz antes de ir a
dormir). Siestas frecuentes durante el día, grandes variaciones en las horas de
acostarse o levantarse, pasar mucho tiempo en la cama…

Insomnio conductual en la infancia:

Hace referencia a la incapacidad del niño para conciliar el sueño por sí solo, con
resistencia y ansiedad a la hora de acostarse, lo que hace que se retrase el inicio
del sueño o que tenga múltiples despertares, con dificultades para el
mantenimiento del sueño, lo que disminuye de forma importante la calidad del
mismo.

En general, los niños con insomnio van a tener una reducción del tiempo total de
sueño, siendo este sueño superficial y de mala calidad. En consecuencia a esto,
suelen ser niños irritables y está asociado, al igual que los horarios irregulares para
acostarse y para levantarse, a un peor rendimiento escolar, aumento de
somnolencia diurna y dificultades de atención.

En resumen:

El establecimiento de unos hábitos y rutinas de sueño ha demostrado conseguir
una mejor conciliación del mismo, menos despertares nocturnos y un incremento
de la duración del sueño, además de una mejoría de la conducta del niño y del
bienestar de la familia. Estas son algunas de las recomendaciones para ayudar a
conseguir un sueño de calidad y reparador:

-Establecer un horario regular de sueño. La hora de acostar al niño ha de ser lo
suficientemente temprana como para permitir que duerma las horas que
necesite.

-Crear una rutina relajante fija a la hora de acostar al niño durante unos 20-45
minutos: un baño, masaje, poner el pijama o contar un cuento,
transmitiendo tranquilidad y seguridad en un ambiente con poca luz y ruido.

-Establecer asociaciones positivas con el sueño para que el niño concilie el sueño
de forma autónoma y sin la ayuda de los padres, siendo de ayuda los objetos
transicionales (muñeco o trapo).

-Evitar las rutinas de dormir al niño en brazos, para que no requiera estas mismas
atenciones durante los despertares nocturnos ni durante las siestas diurnas.

-Acostar al niño cuando esté somnoliento (tranquilo y relajado) pero no dormido,
para dejar que inicie el sueño de forma autónoma.

-Favorecer el ambiente adecuado para dormir: silencio, poca luz y temperatura
agradable durante la noche.

-Tomar una cena equilibrada, incluso con un tentempié ligero antes de ir a dormir,
evitando el exceso de líquidos.

-Evitar comidas y bebidas estimulantes como refrescos de cola o chocolate. El
alcohol y otras sustancias pueden facilitar una relajación y conciliación del
sueño, pero se asocia a un sueño fragmentado e incluso un despertar
precoz.

-Limitar el uso de televisión, ordenador y teléfono móvil en la habitación y por la
noche. Son activadores y su luz estimula el sistema nervioso central, empeorando
la conciliación del sueño.

-Establecer siestas regulares durante el día y adecuadas en duración y horario
según la edad del niño. Evitar siestas largas próximas a la hora de dormir.

-Reforzar el ciclo luz-oscuridad: exponer al niño a la luz solar durante el día y
reducir la intensidad de la luz por la noche, incluso con filtros para luz azul en los
dispositivos electrónicos.

Acerca de Belén Higueras Coello

Belén Higueras Coello
Pediatra y Neurofisióloga clínica. Con formación en Neurología neonatal y trastornos del sueño, en el Hospital Nuestra Señora de Candelaria (Santa Cruz de Tenerife), Complejo Hospitalario Universitario Insular-Materno Infantil (Las Palmas de Gran Canaria), Hospital Virgen del Camino y Hospital de Navarra (Pamplona), Hospital Clínico San Carlos (Madrid) y Hospital San Juan De Dios (Barcelona).

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